La palabra distopía se había puesto de moda sin que acabáramos de entender muy bien qué significaba. No la entendíamos, pero en muy poco tiempo formó parte de nuestra vida, como ese desconocido que se acomoda en nuestra mesa sin saber quién lo invitó. Los meses caminaban arrastrando las enormes consecuencias de una pandemia que golpeó con mucha más saña a quienes ya sufrían situaciones extremas. La vacunación avanzaba en los países ricos: una, dos, tres y hasta cuatro dosis; mientras tanto, gran parte del planeta no había visto ni una jeringuilla.

Sequías e inundaciones. Cientos de incendios arrasaban amplísimas zonas del planeta. Mujeres y hombres eran asesinados por defender la tierra y los derechos humanos. Se recortaban libertades, se debilitaban las democracias. Los talibanes volvieron a Afganistán y, con ellos, la violencia exacerbada, aunque nunca se fue del todo. Los feminicidios aumentaban. Los conflictos, el hambre, la miseria, la persecución y el miedo habían expulsado a más de 80 millones de personas de sus hogares. El Mediterráneo continuaba siendo una fosa común. Nicaragua vivía el tercer aniversario de violaciones sistemática de derechos humanos por parte del régimen de Ortega y África occidental asistía atónita a seis golpes de Estado en cinco países.

A pesar de todo, la vida siempre se resiste, se abre paso.

Miramos atrás y parece que distopía se ha sentado en nuestro salón mientras se fuma un puro. O quizá no tanto… En tal contexto, millones de personas le plantan cara, se levantan cada día y saludan a sus vecinos, acompañan a sus hijas al colegio, cocinan para su amigo anciano, se reúnen en su barrio para demandar un centro de salud, firman comunicados que exigen a los gobiernos el respeto de los derechos humanos, tejen redes internacionales, salen a la calle en manifestaciones que defienden la tierra, los derechos de las mujeres, el poder de la palabra y la democracia… A pesar de todo, la vida siempre se resiste, se abre paso.

Una pieza más de un amplio mosaico

Mientras el modelo hegemónico beneficia a unos pocos a costa de la inmensa mayoría, otros muchos modelos defienden y cuidan lo común; protegen los derechos humanos y nuestros entornos. Es en esos espacios, donde nuestras socias se sitúan. De la mano de 48 millones de personas en todo el mundo, trabajamos a diario por la vida digna. Somos una pieza más de un enorme mosaico que frena las distopías que nos imponen.

En 2021, seguimos defendiendo lo que denominamos “coherencia de políticas para el desarrollo sostenible”, que no es otra cosa que garantizar que todas las políticas públicas respetan los derechos humanos y el medio ambiente, tanto en nuestro país como más allá de nuestras fronteras. Eso nos llevó a exigir la garantía de derechos para las personas migrantes; nos llevó a demandar leyes que obliguen a las empresas españolas a respetar los derechos y el medioambiente en cualquier lugar del mundo; nos llevó a exigir una fiscalidad justa y procesos de paz que frenen los conflictos.

Apostamos por una cooperación feminista porque sin ese enfoque nunca será transformadora. Y recordamos que la pandemia nos había dejado muy claro que #EsHoradeCooperar.

Fue también el año del Juicio por el Clima. Nos sumamos a organizaciones y colectivos ecologistas y denunciamos ante el Tribunal Supremo al Gobierno español por incumplir sus compromisos para frenar el cambio climático. Una vez más, salimos a las calles de la mano de mujeres diversas de todo el mundo para exigir los derechos que nos pertenecen. Apostamos por una cooperación feminista porque sin ese enfoque nunca será transformadora. Y recordamos que la pandemia nos había dejado muy claro que #EsHoradeCooperar -una campaña que puso en valor la solidaridad y los cuidados colectivos que tanto tienen que ver con la cooperación-.

Y 20 años después… la reforma

La reforma del sistema de cooperación ocupó también gran parte de nuestro tiempo. La primera reforma en 20 años; los enormes cambios vividos desde entonces exigen propuestas novedosas que permitan responder con rigor y responsabilidad a los retos actuales. Exigen pasar de esquemas desarrollistas a desplegar los derechos para todas, en cualquier parte del mundo. Reuniones internas, encuentros con representantes del Gobierno, análisis, artículos… Una tarea ingente con la implicación de muchos grupos de trabajo, muchas personas que creen que es posible, y urgente, construir una cooperación transformadora que contribuya a poner freno a un modelo que atenta contra la vida.

El buen hacer de nuestras organizaciones es posible por su disposición, pero también gracias al trabajo de fortalecimiento que realizamos de manera colectiva. La comunicación interna y el fomento de la participación son elementos fundamentales para alimentar el sentimiento de pertenencia a un proyecto común. Los cursos de formación ampliaron nuestra base social y fomentaron el aprendizaje compartido de nuevos enfoques y propuestas con docentes de referencia.

De la mano de organizaciones sociales de nuestros barrios y de cientos de lugares del planeta vamos tejiendo alternativas, cuestionando lo que nos imponen, exigiendo nuestros derechos y avanzando hacia esos otros mundos posibles.

Otro de nuestros compromisos esenciales es el que tiene que ver con la transparencia y el buen gobierno. Un año más, tuvo su reflejo en la Herramienta de Transparencia y Buen Gobierno, un ejercicio de responsabilidad y ética profesional. Un compromiso que se une directamente a nuestro Código de Conducta, piedra angular de nuestro trabajo. Todo un trabajo que es fruto de una de las cuestiones que forma parte de nuestro ADN: la revisión constante de nuestro trabajo, la necesidad de preguntarnos e ir siempre más allá para hacer nuestro trabajo de la mejor manera posible, con profesionalidad y humanidad.

Y así, de la mano de organizaciones sociales de nuestros barrios y de cientos de lugares del planeta vamos tejiendo alternativas, cuestionando lo que nos imponen, exigiendo nuestros derechos y avanzando hacia esos otros mundos posibles. El camino para echar a la distopía de nuestros salones es complejo; los palos en la rueda son muchos. A pesar de ello, los puentes y las alamedas se siguen abriendo cada día de la mano de gentes generosas, fuertes, diversas y libres. Esta memoria es una muestra de todo un año plagado de retos, logros, algunos baches y muchas ilusiones. Fogonazos de luz que nos recuerdan que la senda continúa y que en ella seguiremos. Gracias por acompañarnos.

 

 

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