(Artículo de Barbara Mineo, del Grupo de Acción Humanitaria, publicado en Planeta Futuro, de ElPaís.es)

La primera Cumbre Mundial Humanitaria ha llegado a su fin. Acudieron a Estambul más de 9.000 personas de 173 países, 55 jefes de Estado y de gobierno, miles de organizaciones de la sociedad civil y muchas empresas del sector privado. Como telón de fondo, otras cifras: 125 millones de personas necesitan asistencia humanitaria; 60 millones se han visto obligadas a abandonar sus hogares.

Como sociedad civil llegamos con esperanza; volvemos con preocupaciones. Esperanza porque somos tercas y no nos gusta tirar la toalla. Preocupaciones porque no conseguimos entender que, en el abismo en el que nos encontramos, no se tomen medidas urgentes, firmes y reales que respondan a la gravedad de la situación. Ha sido días intensos en los que hemos intentado cubrir lo máximo posible. En algunos casos ha habido discusiones interesantes; en otros, simplemente no ha habido debate.

Si algo ha destacado en esta Cumbre ha sido la ausencia de importantes jefes de Estado y de gobierno, lo que da cuenta de la escasa voluntad política para desbloquear los nudos más críticos que obstaculizan el fin de atroces conflictos y de emergencias humanitarias. De las cinco responsabilidades globales marcadas por el informe del Secretario General de Naciones Unidas, se han dado pasos tan solo en algunas de ellas. Se ha avanzado en el compromiso de dar más apoyo y protagonismo a los actores locales. También se ha prometido aportar más recursos financieros; se ha creado un fondo específico para educación infantil, con un compromiso inicial de 90 millones de euros. Y se ha reafirmado la importancia de la equidad de género.

Más allá de esto, no hemos escuchado cosas nuevas. Ni siquiera uno de los temas centrales de la Cumbre, el relativo al Derecho Humanitario Internacional, n ha generado compromisos sustanciales. Todo el mundo parece estar de acuerdo sobre la insostenibilidad de la situación actual, pero a la hora de la verdad, la mayoría de los Estados no se comprometen a cambiar las reglas del juego.

Compromiso español insuficiente

España ha mostrado su compromiso en todas las cuestiones planteadas por la Cumbre, excepto en la relativa a financiación –a pesar de la urgente necesidad de fondos. Esta posición no nos sorprende; es coherente con el enorme recorte al que se ha sometido a la Acción Humanitaria, reducida actualmente a su mínima expresión. Es importante que España haya reiterado su compromiso con la agenda de mujer, paz y seguridad; aunque se echa en falta un mayor apoyo y reconocimiento a las organizaciones locales, que son las que dan respuesta inmediata a las crisis humanitarias que afectan a las poblaciones.

En un momento en el que el Derecho Internacional Humanitario y los derechos humanos están claramente amenazados, el compromiso que España ha demostrado en su defensa, es muy relevante y necesario. Sería interesante que se aplicara esa misma defensa en nuestra frontera Sur, se paralizara la venta de armas a países que violan derechos humanos o se rechazara el acuerdo UE-Turquía que viola, claramente, la legislación internacional en materia de derechos humanos.

Sentimientos encontrados

Estos días han sido días llenos de entusiasmo, frustración y esperanza. Entusiasmo porque la Cumbre ha ofrecido a la sociedad civil una oportunidad única para debatir sobre la acción humanitaria que queremos; una acción humanitaria que debe dejar de mirarse el ombligo del propio sistema, para poner en el centro a las personas. Frustración e impotencia al escuchar historias humanas en las que la injusticia y la violencia forman parte cotidiana de la vida de millones de personas. Esperanza porque hemos constatado que existen ya las bases para poner en marcha un cambio urgente, y que somos muchas personas y organizaciones quienes empujamos para que avance.

La urgencia humanitaria llama a nuestra puerta y exige entrar en el centro de las políticas públicas internacionales. En nuestra mano está aprovechar el momentum. La responsabilidad que tenemos, como actores humanitarios, es enorme; cada quien tiene la propia y asume su parte en la colectiva. Urge, por tanto, revisar nuestros compromisos, definir acciones concretas y contundentes; y crear mecanismos claros de rendición de cuentas. Es crucial mantener un dialogo constante y abierto con los gobiernos para que las palabras y los compromisos anunciados se transformen en acciones concretas, ayuden a cambiar las reglas del juego y logren ofrecer un futuro digno a las personas que hoy viven en situaciones de extrema vulnerabilidad y precariedad.

 

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