Entrevista con Larry José Madrigal Rajo – Escuela Equinoccio. El Salvador

Entrevista con Larry José Madrigal Rajo – Escuela Equinoccio. El Salvador

Larry José Madrigal Rajo creció mientras la guerra en El Salvador se cobraba la vida de más de 75.000 personas. “Soy un niño de la guerra; me crié en los años 80, cuando me tocó vivir entre las balas”. Los ejemplos más directos de liderazgo que vio entonces vinieron de la mano de “mujeres muy fuertes que, movidas por las circunstancias de la época, asumieron un papel directo en la orientación de los cambios sociales centroamericanos”. De aquella influencia se desprende su compromiso con los feminismos, los cambios políticos y el desarrollo.

Actualmente trabaja en el  proyecto Escuela Equinoccio, de la organización de educación popular Centro Bartolomé de las Casas, nacida en el año 2000 y cuyo principal eje de trabajo es el tema de masculinidades. “Esto significa abordar la situación de los hombres con una perspectiva de género – aclara- pero no una visión validadora de los roles establecidos, sino una visión profeminista. Y esto es así porque creemos que cada vez que avanzan los derechos de las mujeres, avanzan los derechos de la humanidad”.

¿Qué consecuencias tiene esa perspectiva en la vida diaria de los hombres?

Tiene consecuencias desde tu plano más íntimo y personal, por eso te lleva a replantearte tu propia forma de educación, cómo has vivido, lo que haces cada día… y tiene consecuencias prácticas, económicas, espirituales, con tu pareja. Pero también consecuencias laborales inmediatas: en el lugar donde tú desarrollas tu trabajo, con tus círculos más inmediatos y finalmente con una estructura ideológica que nos ha hecho creer que las mujeres tienen puestos orientados a la sensibilidad y que los hombres llevamos el control de la historia.

¿Tiene consecuencias políticas también?

Absolutamente, tanto en el número de mujeres que lideran la política partidaria, como a la hora de aprobar presupuestos, de modificar los espacios políticos, sociales, físicos. Y también consecuencias políticas de cómo pensamos el país que queremos.

¿Cómo es observada una propuesta de este tipo en una sociedad como la salvadoreña?

Hay muchos problemas, muchos ataques. A  los hombres que trabajamos estos temas nos acusan de tener un trauma no resuelto o se piensa que se trata de un asunto de diversidad sexual, lo que puede suceder pero esta propuesta es mucho más. También nos critican como infiltrados, es decir, como avanzada de compañeras feministas. Y, claro, también hay gente interesada en que las cosas no cambien y al igual que atacan a los ecologistas o a quien demanda un modelo económico diferente, atacan a los hombres que trabajamos masculinidades porque implica cuestionar la estructura que genera el subdesarrollo y la pobreza.

¿Qué relación  tiene entonces esta propuesta para el desarrollo del país y de las personas?

No concibo el desarrollo si no incluye también la perspectiva de género. Creo que mujeres y hombres tenemos distintas necesidades, generadas por la maneras diferentes en las que nos han educado; pero también creo que tenemos derecho a aspirar a un mundo diferente en el que el ser hombre o mujer no sea ventaja o desventaja para poder ser quién tú quieras ser en la vida. Por otro lado, hay cuestiones como la etnia, el género o la pobreza cuyo cruce tiene gravísimas consecuencias para el desarrollo de las personas de El Salvador y de toda la región. Esto hace que muchas mujeres estén directamente afectadas por las consecuencias del empobrecimiento que genera este sistema económico: problemas de violencia, crisis alimentaria o acceso al agua.

¿Cómo es vuestra relación con los grupos feministas que vienen trabajando estas cuestiones desde hace tiempo?

En nuestro caso, nacimos al amparo de algunas compañeras que, con muchísima visión, apostaron por un trabajo de género con los hombres. Nuestra posición ha sido de cercanía crítica, es decir, colegas con una capacidad de retroalimentación que no demande madres, amantes o simplemente amigas, sino colegas con las que calibrar nuestros propios cambios y el impacto que estamos generando socialmente. En el caso salvadoreño, somos muy cercanos al Instituto de Investigación de la Mujer (IMU), a CEMUJER y a compañeras como Ima Guirola Deysi Cheyne y Alba América Guirola.

Volviendo la vista hacia la historia inmediata salvadoreña, ¿cuál ha sido el papel del feminismo centroamericano en la configuración de la región?

Personalmente, como me tocó vivir entre las balas, los ejemplos más directos de liderazgo y de igualdad fueron de mujeres fuertes que movidas por las circunstancias asumieron un papel directo en la orientación de los cambios sociales centroamericanos. Ese papel se dio tanto en en la guerra, por la vía armada, como también en los frentes ideológicos, en la batalla más política. Los feminismos en Centroamérica tienen un elevado grado de militancia producto de la situación de guerra y también de una producción muy buena que no ha sido suficientemente estudiada. Por ejemplo, el cruce que se produce entre los feminismos, la conciencia y el desarrollo. Muchísimo de lo que se vive hoy en el desarrollo vine de la mano de compañeras sumamente comprometidas. Gracias a ellas, muchas personas de la siguiente generación podemos hablar de desarrollo. Los feminismos han aportado muchísimo a la región Centroamericana.

Ahora que haces mención a la época de la guerra, una vez que finaliza qué ocurre con esos hombres que pasaron tantos años en el frente -algunos cuando eran apenas niños- y vuelven a sus hogares. ¿Cómo entienden esos hombres su masculinidad?

Eso es un tema apasionante que no está suficientemente estudiado. En general, la mayoría de hombres, debido a la fuerte socialización en los traumas que todavía viven, no lograron hacer el cruce entre los roles que la guerra les asignó -muy igualitarios entre hombres y mujeres- y la exigencia del periodo de posguerra que les pedía continuar con aquello. Muchos volvieron a sus roles tradicionales, por sus propios traumas; otros fueron totalmente absorbidos por las estructuras partidarias, económicas, sociales; y un pequeño grupo dio un paso muy importante al transcender lo que la guerra les obligó a hacer para ahora hacerlo por conciencia, transformándolo y creando cosas nuevas.

¿Crees que la teología de la liberación, que tanto peso tuvo en aquella época en El Salvador, tiene algo que ver con esa propuesta que mencionas?

Éste es otro gran reto para la investigación… Creo que sí tiene que ver porque la teología de la liberación -dentro de la iglesia católica y de algunas iglesias evangélicas-, abrió muchos espacios de desarrollo para las mujeres, al menos en Centroamérica. Estas propuestas se convirtieron en el trampolín de lo que después sería una militancia política y social. También fue importante para los hombres, es mi caso. Yo vivía en una comunidad eclesial de base; los curas de mi parroquia se habían ido amenazados por los escuadrones de la muerte y las únicas que quedaron valientemente al frente de todas y de todos eran unas monjas. Con ellas yo aprendí liderazgo, compromiso político, viví mi fe dentro de la lucha armada y me di cuenta que ser mujer implicaba los mismos roles de liderazgo y de decisión política que implica ser hombre. Al ser adulto, esto me permitió estar más abierto a lo que podría ser una crítica de género en la posguerra.

Años después de los acuerdos de paz El Salvador vive un problema de violencia relacionada con las maras…

El asunto es profundamente complejo, pero sin duda un primer análisis viene de la mano de la psicología social de Ignacio Martín Baró. La generación que ahora dirige las maras son niños de la guerra que vivieron traumas provocados por el conflicto armado y situaciones no resueltas en la posguerra. El fenómeno también tiene una explicación en esas violencias que el Estado genera como estructura y que tienen un correlato en la vida cotidiana, en las comunidades empobrecidas. Las maras son grupos delincuenciales formados fundamentalmente por hombres. En la Escuela Equinoccio estamos intentando trabajar esto y es muy complejo por razones obvias de seguridad; también porque la complejidad toca asuntos relacionados con el narcotráfico, con la tregua actual con el gobierno y entre la propias maras… Tiene que ver también con la multirregionalidad de un problema que afecta a Guatemala, Honduras, el sur de México e incluso Estados Unidos.

Ahora que has empezado a dar algunas pinceladas sobre vuestro trabajo, cuéntanos qué hacéis.

Fundamentalmente desarrollamos programas educativos, con hombres y con mujeres, en el tema de masculinidades. Utilizamos una metodología que tiene mucha teoría y escuela por detrás y que al mismo tiempo es muy innovadora. Esto nos permite construir  conocimiento a partir de nuestra vida cotidiana por medio de propuestas lúdicas y  participativas que ofrecen una puerta de entrada para que los hombres puedan llevar a cabo cambios estructurales.  Los hombres estamos acostumbrados a manejarnos en lo estructural, en las ideas, pero cuando chocamos con el mundo emocional, práctico, de la corporalidad solemos resistirnos y es ahí donde trabajamos. En este caso, empoderar a los hombres significa dotarles de herramientas sobre aquello que les ha sido vetado, es decir, el lado más emocional, frágil… Y eso hace que nos descubramos como las personas que somos: castradas de esas dimensiones, pero absolutamente humanos.

Mercedes Ruiz-Giménez, presidenta de la Coordinadora de ONG, asiste atenta a esta entrevista hasta que interviene en este momento para destacar que precisamente ese conocimiento teórico y las metodologías que Larry J. Madrigal menciona han sido utilizados por ONG españolas para aplicarlos aquí. En este sentido –afirma–, “la cooperación no se entiende solamente como un aporte de aquí para allá, sino la capacidad de crear puentes y aprender de aquellas experiencias para después aplicarlas aquí”.

Tras la intervención de la presidenta de la Coordinadora, aprovechamos para preguntarle qué puede enseñarnos El Salvador, más allá de la metodología, para afrontar el Plan de Ajuste Estructural que estamos viviendo en España y que hace tiempo ya vivió América Latina. Cuáles son las lecciones que pueden compartirse de sociedad civil o sociedad civil.

Me da miedo sonar como prepotente o petulante viniendo desde Centroamérica –afirma–, porque también tenemos muchísimo que agradecer a la cooperación; pero creo que el ejemplo de la violencia de género puede ilustrar lo que quiero decir. Aquí en España se ha “clinicalizado” -llevado a la clínica-; lo que hace que se profesionalice la atención pero al mismo tiempo se personaliza los caso de tal manera que los desprende de su estructura más social y comunitaria. Al hacer esto renuncia a la posibilidad de una transformación que requiera recursos humanos de la propia comunidad y no solamente del Estado. Y así con muchísimas otras cosas. Creo que la creatividad ante la crisis puede ser desarrollada por los pueblos en España.  El que no haya dinero disponible no significa que no tengamos ideas, esperanza; no significa que no intercambiemos recursos y saberes que están en la mano de cada quien, en sus casas, en sus trabajos. Y además no significa que no podamos seguir intercambiando con América Latina, con África con Asia metodologías, saberes, ideas, estructuras que nos ayuden a ir pensando en un mundo nuevo.  Una colega teóloga latinoamericana, Elsa Tamez, decía que cuando el cielo está nublado parece que no hay estrellas, pero una cosa es que no veamos las estrellas y otra es que no estén ahí. Lo peor sería no creer que existen; aunque no las veas, ahí están y te iluminan siempre el camino.

¿Estáis notando el recorte de fondos que provienen de la cooperación española?  

Sí, lo percibimos ya en nuestra propia organización, por proyectos que no salen, que se quedan en el tintero por la falta de fondos, y también lo notamos en organizaciones amigas con quienes trabajamos en alianza. Por ejemplo, en algunos territorios nos juntábamos varias organizaciones y construíamos sinergias muy interesantes. Ahora esto no se produce de igual manera por la falta de recursos. Amplias capas de la población salvadoreña han quedado colgadas con el cese de algún tipo de proyecto y esto está implicando comprometer seriamente algunos resultados que ya venían avanzando desde hace tiempo. Por ejemplo, sistemas de agua potable, seguridad alimentaria, mitigación de riesgo, género, adaptación al cambio climático… Todo este acumulado que nos permitió un contexto de cooperación favorable se ven fuertemente debilitados no porque no hayamos sabido manejar la sostenibilidad, sino porque los cortes han sido muy abruptos, radicales y parejos para grandes y pequeños y afectando a toda la región Centroamericana.

¿Qué alternativas manejáis ante esta realidad?

Ahorros institucionales, sostenibilidad de las organizaciones vendiendo servicios, trueque… Buscamos otras maneras de sobrevivir y vivir plenamente como organizaciones. A nivel colectivo hemos generado el Movimiento de ONG para el Desarrollo Solidario de El Salvador, un tipo de colectividad organizada que no habíamos desarrollado como sector. La crisis nos ha dado una oportunidad de unirnos, reflexionar, cuestionar  las políticas de Estado y al mismo tiempo generar alternativas. En ese sentido queremos aprender mucho de la experiencia española porque colectivizar nuestro pensamiento implica poner en juego nuestras creencias, negociar y crear una plataforma de apoyo en pro del bienestar del sector y de la gente con la que trabajamos. También hemos conversado con el gobierno para que la cooperación sea un asunto de Estado, una política pública. Ojalá que consigamos que sea así en toda la región.

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